domingo 24 de abril de 2011

Taxista nocturno

Desde hace bastante, cada vez que estoy en un taxi, empiezo a hablar con el conductor. No puedo precisar hace cuanto que lo hago, pero seguramente que desde niño pues siempre he sido –soy- cuestionador. No sé si es porque no quiero sentirme solo como usualmente sucede. A veces solo prendo el iPod, me pongo a llorar o a sonreir para mi, y el mundo se queda ahí, bajando y subiendo la perilla.

La mayoría de las veces comienzo preguntandole hasta qué hora trabaja. Suelo tomar muchas más carreras en las noches que en las mañanas. En las mañanas soy parte del transporte público. La noche, por otra parte, conspira para que las respuestas de los taxistas noctámbulos sean mucho más interesantes, y den pie a una conversación más alargada y llena de morbo.

Otras veces es solo el clima y el cielo panza de burro de Lima.

Violaciones, robos, prostitutas, drogadictos, tires en el carro, vómitos. Un taxista se carga con algo más que solo pasajeros.

La noche es quien le revela al taxista tantos secretos y relatos extraordinarios; vaya a ver uno la veracidad de estos. El conductor es el elegido por las calles no sólo porque está expuesto a las malicias ambulantes, sino porque ha decidido de manera libre y voluntaria ser un hombre de la noche, un vigilante vampirezco, un merodeador de las oscuridades, y como tal, asumir una postura un tanto más fatalista frente a los hechos.

Y este viernes no fue la excepción. Desde Guardia Civil hasta mi casa enarbolé una conversación con un viejo taxista, de estos tan viejos que parecen haber obtenido la licencia cuando se conducían cuadrigas en el circo romano. El anciano realmente había vivido mucho. Tal vez demasiado para mi gusto.

La conversa inevitablemente derivó en hablar de política debido a la coyuntura actual y tal vez el pesimismo moderno de macho latinoamericano, en el cual si uno no termina de hiperventilar en fútbol local, hunde el dedo en la yaga con política doméstica. Además era yo el que tomaba el taxi. Difícilmente hablaríamos de otra cosa. Pero este sujeto era especial comparado a otros taxistas de la noche: el viejo tenía más de 40 años haciendo taxi y eso a mí me parecía una fuente pantanosa de inagotable opinión.

No está de buenas, pensé. Para nada. Cuando le pregunté por quién votó me rebotó la pregunta, y le respondí que por PPK.

Y comenzó a hablar las pestes en el haber del antiguo PPK, de su época en la International Petroleum Company. De Velasco como un héroe corajudo asesinado. Luego, sin advertirme, se abrió paso a relatar asquerosidades del antiguo Paniagua (a quien creía yo un benemérito de la democracia), y casi ofendiéndome muchas otras porquerías de la época de Belaúnde, en quien una vez –dice- depositó su fe y se la mandaron al carajo.

El pequeño hombre viejo, había pasado el hambre de Alan en su taxi, había visto el milagro de un mesías emergente con Fujimori, y de Toledo en adelante todo le empezó a parecer “la misma mierda de siempre”.

El hombre era un festival de groserías ensollozadas.

No puedo culparlo y mucho menos debatir su sincero sentir. Como joven, mi memoria y mi escéptica intelectualidad se limitan a frías fuentes escritas de cándidos autores y todo lo que se me diga en la universidad tomado verticalmente por cierto. Esto lo sentí más personal, como discutir con un abuelito encaprichado. Es terrible que en esos 160 cm de carne y corazón se almacenara tanto odio, tanta fe perdida y recelo. Su respuesta iba a significar mucho más para mí después de todo:

- Entonces, ¿Por quién votará este 5 de junio, maestro?

- Hijo, felizmente ya tengo la edad suficiente para no estar obligado a votar por esas basuras de mierda, conchasumadre.

Apareció ante mí, la paradoja del taxi en la democracia peruana: “Yo manejo. Pero tú me llevas a donde te de la gana”.