
Olvídense de la foto por un momento.
Siempre me gusta contar las historias que me cuentan los taxistas, aunque esta en particular es una historia más acerca de mí y de cómo le resto importancia a algunas personas. Esta vez, solo porque la conocí en el momento equivocado.
Es una historia que en verdad me MOLESTA contarla. Pero ahí les va.
Hace casi un año salía de comprar una camiseta de Mesut Özil para un amigo y una camisa para mi primo en el centro de Berlín. Llovía bastante, así que tomé un taxi. Y, bueno, para no perder las costumbres, al subir me puse a hablar con el chofer. En Perú lo hago todo tiempo, y es porque siempre hay temas de conversación. A veces soy víctima del clima, a veces me gusta la salsa de Radiomar y en otras soy un jodido entrevistador de opinión pública que termina haciendo pública su opinión. “¿Qué me dice de la gestión de Castañeda hasta ahora, eh?”, y huevadas así. Tenía que ponerme más creativo. Hacer esas preguntas en Berlín era defecar fuera del wáter.
Ya me hicieron la pregunta por ahí: Mesut Özil no es un diseñador, es un jugador de fútbol.
Le dije que me lleve al Hotel cuyo nombre no recuerdo. No habían roches por el precio de la carrera porque tienen una maquinita chévere que iba aumentando a medida que el carro avanzaba. Esta vez comencé a preguntarle por el precio de su auto. No todos los días tienes la suerte de subirte a un Mercedes que taxea. Ni siquiera recuerdo el precio, pero era algo bastante módico. Módico digo, para lo que cobran los taxistas en otros países además del precio de la gasolina de esa época (julio 2010). Con todo y todo, parecía serlo.
Hablando, y hablando se me ocurre preguntarle de qué país era, porque era cualquier cosa menos ciudadano alemán. Recién caigo en cuenta de lo estúpida que era mi pregunta: con todo esto de la globalización ya se podía esperar cualquier cosa de un alemán cuando tienes a Assamoah, Mario Gómez, Owomoyela y al mismo Özil jugando juntitos en la selección de fútbol. Pero bueno… vaya uno a saber. Hasta Klose es polaco.
El acento de su inglés no-alemanizado me hacía pensar que había más de un extranjero sentado en este Mercedes. Ja! Y acerté al final. Mi chofer era un iraní del mismito Teherán.
De hecho eso fue interesante. Siempre hablaba con los taxistas pero jamás había entablado una conversación con uno que fuera iraní. Menos con uno musulmán y de Teherán. Aunque una vez hablé con uno de esos de la FREPAP que también hacía taxi: igual de lejana la conversación y un tanto menos amena.
Hasta ese momento. ¿Qué cosas sabía yo de Irán como para que se vuelva una conversación entrada en detalles?
Veamos…
- Sabía que eran musulmanes, que Teherán era su capital y que quedaba en el Medio Oriente (eres un asno si no sabes esto)
- Sabía que tuvieron conflictos con Irak.
- Sabía que antes se llamaba Persia.
- Sabía que tenían plutonio, armas nucleares y que tampoco se llevaban bien con los americanos.
- Sabía que Sally Field la pasó muy mal por allá en una película.
- Y sabía que su presidente era Mahmud Ahmadineyad, porque su apellido era tan complicado que fue durante mucho tiempo mi contraseña del Messenger.
Y bueno, ¿qué clase de conversación iba a tener así?
Hablamos y hablamos de lo poco que sabía de Irán, y me hacía más torpe al hacer mis preguntas más delicadas (no quería estar sentado al costado de un radical) y encima en inglés (mierda, seguramente debe odiar hablar todo esto en inglés!) aunque se nos veía bastante relajados.
De pronto el empezó a hacerme preguntas. Lo chévere y triste fue su sorpresa al responderle la pregunta de “qué cosa estudiaba yo en el Perú”. Le dije que quería ser periodista. Me dijo “yo trabajaba de periodista en Irán y me expulsaron del país durante 40 años por hacer críticas contra Ahmadineyad”. Ahí fue cuando me di cuenta que estaba sentado al costado no solo de un héroe nacional que hacía taxi en Europa, sino que estuve perdiendo el tiempo con preguntas banales en lugar de hacer preguntas más interesantes que bien pudieron haber llevado la conversación hacia algo más profundo si tan solo hubiese comenzado por hablar un poquito de mi. Y ya estaba a dos cuadras de mi hotel…
Ese día me dije a mí mismo: ¡Que mierda! Esto de querer ser periodista resultó ser medio jodido si eres iraní. Y luego de mucho tiempo y por poco, una anécdota así casi pasa al olvido.
Casi un año después recién recuerdo haber conocido a un periodista –y encima iraní-, gracias a que en Historia Universal Contemporánea vimos el tema de Irán en una clase de media hora… y yo quedé maravillado con una historia tan rica, y a la vez una situación actual tan lamentable (les suena familiar?).
Hoy, después de haber terminado mi libro sobre Reza Pahlevi, El Sha de Ryszard Kapuscinski y luego de haber visto películas como Persépolis y Not without my daughter; que este artículo sea un homenaje a ese héroe que todas las mañanas se levanta para coger su Meche y taxear por las calles de Berlín, sabiendo que no podrá volver a su Irán natal para ver a su familia. Ese hombre que de manera incansable chambea y pelea con sus propios demonios de rencor e impotencia, sabiendo que difícilmente volverá a recuperar su voz en una de las teocracias más radicales y ridículas del mundo. Claro, después del Vaticano.
Es una historia que en verdad me MOLESTA contarla. Pero ahí les va.
Hace casi un año salía de comprar una camiseta de Mesut Özil para un amigo y una camisa para mi primo en el centro de Berlín. Llovía bastante, así que tomé un taxi. Y, bueno, para no perder las costumbres, al subir me puse a hablar con el chofer. En Perú lo hago todo tiempo, y es porque siempre hay temas de conversación. A veces soy víctima del clima, a veces me gusta la salsa de Radiomar y en otras soy un jodido entrevistador de opinión pública que termina haciendo pública su opinión. “¿Qué me dice de la gestión de Castañeda hasta ahora, eh?”, y huevadas así. Tenía que ponerme más creativo. Hacer esas preguntas en Berlín era defecar fuera del wáter.
Ya me hicieron la pregunta por ahí: Mesut Özil no es un diseñador, es un jugador de fútbol.
Le dije que me lleve al Hotel cuyo nombre no recuerdo. No habían roches por el precio de la carrera porque tienen una maquinita chévere que iba aumentando a medida que el carro avanzaba. Esta vez comencé a preguntarle por el precio de su auto. No todos los días tienes la suerte de subirte a un Mercedes que taxea. Ni siquiera recuerdo el precio, pero era algo bastante módico. Módico digo, para lo que cobran los taxistas en otros países además del precio de la gasolina de esa época (julio 2010). Con todo y todo, parecía serlo.
Hablando, y hablando se me ocurre preguntarle de qué país era, porque era cualquier cosa menos ciudadano alemán. Recién caigo en cuenta de lo estúpida que era mi pregunta: con todo esto de la globalización ya se podía esperar cualquier cosa de un alemán cuando tienes a Assamoah, Mario Gómez, Owomoyela y al mismo Özil jugando juntitos en la selección de fútbol. Pero bueno… vaya uno a saber. Hasta Klose es polaco.
El acento de su inglés no-alemanizado me hacía pensar que había más de un extranjero sentado en este Mercedes. Ja! Y acerté al final. Mi chofer era un iraní del mismito Teherán.
De hecho eso fue interesante. Siempre hablaba con los taxistas pero jamás había entablado una conversación con uno que fuera iraní. Menos con uno musulmán y de Teherán. Aunque una vez hablé con uno de esos de la FREPAP que también hacía taxi: igual de lejana la conversación y un tanto menos amena.
Hasta ese momento. ¿Qué cosas sabía yo de Irán como para que se vuelva una conversación entrada en detalles?
Veamos…
- Sabía que eran musulmanes, que Teherán era su capital y que quedaba en el Medio Oriente (eres un asno si no sabes esto)
- Sabía que tuvieron conflictos con Irak.
- Sabía que antes se llamaba Persia.
- Sabía que tenían plutonio, armas nucleares y que tampoco se llevaban bien con los americanos.
- Sabía que Sally Field la pasó muy mal por allá en una película.
- Y sabía que su presidente era Mahmud Ahmadineyad, porque su apellido era tan complicado que fue durante mucho tiempo mi contraseña del Messenger.
Y bueno, ¿qué clase de conversación iba a tener así?
Hablamos y hablamos de lo poco que sabía de Irán, y me hacía más torpe al hacer mis preguntas más delicadas (no quería estar sentado al costado de un radical) y encima en inglés (mierda, seguramente debe odiar hablar todo esto en inglés!) aunque se nos veía bastante relajados.
De pronto el empezó a hacerme preguntas. Lo chévere y triste fue su sorpresa al responderle la pregunta de “qué cosa estudiaba yo en el Perú”. Le dije que quería ser periodista. Me dijo “yo trabajaba de periodista en Irán y me expulsaron del país durante 40 años por hacer críticas contra Ahmadineyad”. Ahí fue cuando me di cuenta que estaba sentado al costado no solo de un héroe nacional que hacía taxi en Europa, sino que estuve perdiendo el tiempo con preguntas banales en lugar de hacer preguntas más interesantes que bien pudieron haber llevado la conversación hacia algo más profundo si tan solo hubiese comenzado por hablar un poquito de mi. Y ya estaba a dos cuadras de mi hotel…
Ese día me dije a mí mismo: ¡Que mierda! Esto de querer ser periodista resultó ser medio jodido si eres iraní. Y luego de mucho tiempo y por poco, una anécdota así casi pasa al olvido.
Casi un año después recién recuerdo haber conocido a un periodista –y encima iraní-, gracias a que en Historia Universal Contemporánea vimos el tema de Irán en una clase de media hora… y yo quedé maravillado con una historia tan rica, y a la vez una situación actual tan lamentable (les suena familiar?).
Hoy, después de haber terminado mi libro sobre Reza Pahlevi, El Sha de Ryszard Kapuscinski y luego de haber visto películas como Persépolis y Not without my daughter; que este artículo sea un homenaje a ese héroe que todas las mañanas se levanta para coger su Meche y taxear por las calles de Berlín, sabiendo que no podrá volver a su Irán natal para ver a su familia. Ese hombre que de manera incansable chambea y pelea con sus propios demonios de rencor e impotencia, sabiendo que difícilmente volverá a recuperar su voz en una de las teocracias más radicales y ridículas del mundo. Claro, después del Vaticano.
La próxima vez entablaré conversaciones más profundas (menos cojudas) con los taxistas. Así sean peruanos, eso no desmerece que también sean un mar de experiencia.
Lección aprendida. Solo me queda darle las gracias a la distancia.
Pd: La foto de Burga es debido a que la imagen mental que guardo de él es parecida al desgraciado ese. Una pena.


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